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Santiago Segura, de los cómics de Carabanchel a ‘Torrente’: la adolescencia diferente que acabó convirtiéndose en una carrera de cine |BV

No era el típico adolescente de los años 80. Mientras otros chicos buscaban la calle, las discotecas y las noches interminables, Santiago Segura encontraba su mundo entre cómics, cámaras y películas caseras.

Mucho antes de convertirse en uno de los nombres más reconocibles del cine español, el actor y director ya había decidido, casi sin saberlo, que su camino iba a ser diferente.

A sus 61 años, Segura puede mirar atrás y reconocer que buena parte de lo que hoy define su personalidad profesional comenzó precisamente en aquellos años.

Su barrio, Carabanchel, sus visitas al Rastro, las historietas que acumulaba en casa y aquella primera cámara de Súper 8 terminaron formando un universo creativo que, con el tiempo, acabaría llevándole hasta uno de los personajes más populares y polémicos del cine español: José Luis Torrente.

Pero antes de los grandes estrenos, las alfombras rojas y las cifras millonarias hubo un adolescente que no encajaba demasiado con lo que se esperaba de un chico de su generación.

“Yo no era callejero”: un adolescente que prefería quedarse en su propio mundo

Santiago Segura ha recordado en una entrevista para La Vanguardia cómo fue aquella etapa de su vida.

Y hay una frase que resume perfectamente aquella adolescencia poco convencional:

“Yo no era callejero”.

Puede parecer una afirmación sencilla, pero explica mucho de la personalidad que desarrollaría posteriormente.

En una época en la que buena parte de los jóvenes pasaban horas en la calle, jugando, reuniéndose con amigos o buscando cualquier excusa para salir de casa, Segura tenía otros intereses.

Su refugio estaba en las historias.

Los cómics, los personajes fantásticos, las películas y todo aquello que alimentaba su imaginación ocuparon un lugar privilegiado durante aquellos años. Y ni siquiera cuando acudía a una discoteca terminaba comportándose como el resto.

Iba, sí. Pero no precisamente para bailar.

“Me quedaba en la puerta porque no me gusta el ruido ni el humo del tabaco”, ha contado.

La imagen resulta casi cinematográfica: un joven Santiago Segura apoyado en la entrada de una discoteca mientras en el interior sonaba la música, observando desde fuera un mundo que no terminaba de interesarle.

Y mientras otros buscaban diversión en la noche, él encontraba entretenimiento en algo completamente diferente.

El Rastro, los cómics y un pequeño negocio que ya anunciaba su futuro

Su pasión por los cómics comenzó a convertirse incluso en una pequeña aventura comercial.

Segura recuerda que pasaba buena parte de su tiempo intercambiando historietas en el mercado de La Laguna.

Entregaba cómics que ya había leído para conseguir otros nuevos, y aquella dinámica le permitía ampliar constantemente su colección sin necesidad de gastar demasiado dinero.

Pero había algo más.

Ya entonces tenía cierta facilidad para encontrar oportunidades donde otros simplemente veían objetos usados.

El Rastro se convirtió en uno de sus escenarios favoritos. Allí podía comprar, vender e intercambiar ejemplares y, en ocasiones, regresar a casa con más dinero del que llevaba al salir.

Era un pequeño negocio improvisado, pero también una primera muestra de una personalidad que posteriormente se convertiría en una de sus grandes características: la capacidad de transformar una afición en algo productivo.

Sus cómics no eran simplemente entretenimiento. Eran una puerta hacia otros mundos.

Superhéroes, aventuras, ciencia ficción y personajes clásicos alimentaban una imaginación que cada vez necesitaba más espacio.

Tanto, que su dormitorio terminó prácticamente conquistado por ellos.

“Mi madre se cabreaba porque tenía el dormitorio, que en realidad era un armario empotrado, lleno de ellos”, ha recordado con humor.

Aquel pequeño espacio doméstico se había convertido en una especie de santuario personal.

Y allí, entre viñetas y personajes, se estaba formando poco a poco el futuro cineasta.

Hay que ir probando": Santiago Segura desvela qué películas ver para tener  buena cultura cinematográfica

Los superhéroes como primera escuela de imaginación

Las referencias de Segura durante aquellos años eran muy variadas.

Entre sus lecturas aparecían personajes como ‘Los Vengadores’, ‘Flash Gordon’, ‘El Príncipe Valiente’ o ‘Astérix’. Algunas de esas historias llegaron a sus manos gracias a los regalos de su abuela.

Pero lo interesante no era solamente que disfrutara de aquellos cómics.

Segura comenzó a descubrir que detrás de la cultura popular había mucho más de lo que aparentemente parecía.

Las historias podían conducirle hacia la Biblia, los grandes clásicos de la literatura, Sherlock Holmes o incluso Isaac Asimov.

Es decir, los cómics no eran para él una barrera frente a la cultura.

Eran precisamente una puerta de entrada a ella.

De ahí nació una de las ideas que ha mantenido durante toda su trayectoria:

“No hay que tomarse a coña la cultura popular”.

Una frase que encaja perfectamente con alguien que ha construido buena parte de su carrera utilizando elementos populares, humor, personajes reconocibles y referencias culturales para conectar con el gran público.

Antes de hacer películas, Segura ya estaba aprendiendo a contar historias.

Y todavía faltaba el elemento decisivo.

Una cámara.

La Súper 8 que cambió el rumbo

Durante su etapa en el instituto San Isidro, uno de sus compañeros comenzó a realizar cortometrajes con una cámara de Súper 8.

En aquella época, disponer de una cámara y poder rodar pequeñas historias no era algo comparable a lo que sucede hoy con un teléfono móvil. Filmar significaba conseguir material, preparar una idea, organizar el rodaje y asumir que cada imagen tenía un coste.

Pero aquella dificultad no frenó a Segura.

Su compañero le propuso participar en uno de esos cortometrajes y la experiencia tuvo un efecto inmediato.

“Ahí me entró el gusanillo, pero por dirigir, no por interpretar, la verdad”, ha explicado.

Y esa precisión es importante.

Porque Santiago Segura no descubrió inicialmente que quería ser actor.

Descubrió que quería crear.

Quería estar detrás de la cámara.

Quería decidir qué se veía, cómo se contaba y hacia dónde avanzaba una historia.

A partir de entonces comenzó a rodar sus propios cortometrajes.

Y, como era de esperar, tampoco eran precisamente convencionales.

Uno de aquellos trabajos fue ‘El despertar’, una película realizada durante unas vacaciones en la que los mutantes eran hombres en bañador.

La idea puede parecer absurda.

Y precisamente ahí estaba parte de la gracia.

Segura comenzaba a experimentar con el humor, la imaginación y la posibilidad de construir mundos propios con los medios que tenía a su alcance.

No necesitaba grandes presupuestos.

Necesitaba una idea.

Cuando hacer cine parecía una locura

Con el paso del tiempo, aquellos cortos comenzaron a obtener reconocimientos.

Los premios no solo le dieron satisfacción personal. También le permitieron conseguir algo todavía más importante: dinero para financiar sus siguientes proyectos.

En cierto modo, el sistema era sencillo.

Rodaba una película.

Conseguía reconocimiento.

Utilizaba los recursos obtenidos para hacer otra.

Y volvía a empezar.

Así fue construyendo, poco a poco, una carrera que inicialmente parecía más una obsesión personal que un proyecto profesional.

Pero había algo que Segura tenía claro: la distancia entre hacer cine por afición y convertirse en profesional no era tan enorme como podía parecer.

Hoy, con la tecnología disponible, considera que esa distancia es todavía menor.

Un teléfono móvil puede convertirse en una cámara.

Un ordenador permite editar.

Las redes sociales permiten distribuir.

Y cualquier persona con una idea puede empezar a construir su propio universo audiovisual.

“Ahora, cada chaval con su móvil es un cineasta en potencia”, ha reflexionado.

Pero esa evolución también tiene una cara que le preocupa.

Santiago Segura: “Yo no era callejero, bien es verdad que mi barrio,  Carabanchel, invitaba poco a jugar en la calle. Iba a las discotecas y me  quedaba en la puerta porque no

La tecnología que abre puertas… y también puede atraparnos

Segura no observa la revolución tecnológica únicamente desde el entusiasmo.

También ve sus riesgos.

El problema, según su propia visión, aparece cuando los dispositivos dejan de ser herramientas y comienzan a convertirse en fuentes constantes de estímulos.

El móvil puede servir para crear.

Pero también puede consumir nuestra atención.

Y esa contradicción le preocupa especialmente.

“Me molesta lo que tienen de adictivo”, ha señalado al hablar de los teléfonos y de la cantidad de estímulos que recibimos constantemente.

Es una reflexión especialmente llamativa viniendo de alguien cuya carrera nació precisamente de una tecnología que, comparada con las actuales, era rudimentaria.

Una Súper 8 exigía paciencia.

Hoy basta con sacar el teléfono del bolsillo.

Antes había que esperar.

Ahora todo ocurre inmediatamente.

Y quizá por eso Segura observa con cierta nostalgia aquella época en la que crear una película exigía tiempo, esfuerzo y una enorme dosis de imaginación.

La decisión que enfrentó a Santiago Segura con su madre

Pero el camino hacia el cine no estuvo libre de obstáculos.

Hubo un momento especialmente importante: Segura rechazó un puesto como profesor de instituto.

Para él, aquella decisión significaba apostar por su verdadera pasión.

Para su madre, en cambio, representaba abandonar una oportunidad segura.

La reacción familiar no fue precisamente positiva.

Su madre consideraba que ser profesor era un trabajo serio, estable y con futuro. Una profesión que podía permitirle tener seguridad económica y, al mismo tiempo, continuar haciendo cine como afición.

Pero Santiago veía las cosas de otra manera.

El cine no era simplemente un hobby.

Era lo que quería hacer.

Y decidió asumir el riesgo.

Mientras su madre observaba cómo escribía relatos para publicaciones como Culos Calientes o El Víbora, él seguía buscando cualquier oportunidad para acercarse al mundo audiovisual.

También trabajó en el doblaje de películas pornográficas y de dibujos animados y comenzó a realizar pequeños trabajos como figurante.

No había glamour.

No había grandes contratos.

No había garantías.

Pero sí había algo mucho más importante para él:

la sensación de estar avanzando hacia el lugar donde quería llegar.

De las películas caseras al nacimiento de Torrente

Cada corto, cada trabajo y cada experiencia fueron formando al cineasta.

Lo que inicialmente podía parecer una afición extravagante empezó a convertirse en una profesión.

Segura reconoce que la diferencia entre el cine amateur y el profesional no era entonces tan gigantesca como muchas personas podían imaginar.

Y esa mentalidad fue fundamental.

Porque en lugar de esperar a que alguien le ofreciera una oportunidad, decidió fabricársela él mismo.

Rodó.

Escribió.

Probó.

Se equivocó.

Volvió a rodar.

Y continuó.

Hasta que llegó el personaje que cambiaría definitivamente su carrera.

José Luis Torrente.

El policía corrupto, desagradable, políticamente incorrecto y convertido en icono popular se transformó en una de las grandes creaciones de Santiago Segura.

Pero para entender el fenómeno Torrente hay que mirar mucho más atrás.

Hay que volver a Carabanchel.

Al adolescente que prefería los cómics.

Al joven que no disfrutaba del ruido de las discotecas.

Al chico que se quedaba fuera mientras los demás estaban dentro.

Al aficionado que cambiaba historietas en el Rastro.

Al estudiante que descubrió una cámara Súper 8.

Al director que comenzó haciendo cortometrajes con recursos mínimos.

Y al joven que decidió decir que no a un trabajo estable porque prefería apostar por una profesión incierta.

Todo eso estaba ahí.

Torrente no apareció de la nada.

Fue, en cierta manera, la culminación de décadas de obsesiones, referencias y experiencias.

Santiago Segura: “El que no vea que Torrente es una crítica al machismo, al  racismo, a la corrupción y a tantas y tantas otras cosas desagradables con  las que convivimos a diario,

Una historia que comenzó cuando nadie apostaba por él

La trayectoria de Santiago Segura tiene algo especialmente interesante: no comenzó con la seguridad de quien sabe que va a triunfar.

Comenzó con la incertidumbre.

Con una afición que podía parecer extravagante.

Con una habitación llena de cómics.

Con películas rodadas con pocos medios.

Con trabajos que hoy forman parte de las anécdotas de su pasado.

Y con una familia que no siempre entendió sus decisiones.

Pero Segura continuó.

Porque, en el fondo, aquella diferencia que podía haber sido vista como un problema terminó convirtiéndose en su mayor ventaja.

Mientras otros seguían el camino establecido, él estaba construyendo el suyo.

Y quizá esa sea la parte más poderosa de su historia.

No necesitó parecerse a los demás para encontrar su lugar.

Necesitó confiar en aquello que le hacía diferente.

Hoy, décadas después, aquella adolescencia aparentemente extraña puede interpretarse de otra manera.

El chico que no quería bailar en las discotecas estaba desarrollando su propio lenguaje.

El que coleccionaba cómics estaba acumulando referencias. El que jugaba con una Súper 8 estaba descubriendo una profesión.

Y el que rechazó un trabajo estable estaba apostando por un sueño que, durante mucho tiempo, parecía demasiado arriesgado.

Del armario lleno de cómics a las salas de cine. De las películas caseras a ‘Torrente’. De Carabanchel al reconocimiento nacional.

La historia de Santiago Segura demuestra que algunas carreras no empiezan con una gran oportunidad.

A veces empiezan mucho antes.

En una habitación pequeña.

En un mercado.

En una cámara prestada.

O simplemente en la decisión de decir:

“Esto es lo que quiero hacer”.

¿Qué parte de la adolescencia de Santiago Segura te ha sorprendido más? ¿Su pasión por los cómics, sus primeros cortos con Súper 8 o la decisión de rechazar un trabajo estable para perseguir el cine? Déjanos tu opinión y comparte esta historia con otros fans del cine español.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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